10 mayo

En el año 718 Pelayo y su ejército con flechas y piedras vence a las huestes moras en Covadonga. Para dar gracias a la Virgen María por su ayuda, colocan en la cueva su imagen. El rey Alfonso I, yerno de Pelayo, erige una iglesita en la misma Cueva con tres altares: a María, a san Juan Bautista y a san Andrés. Monjes benedictinos serán los encargados de atender el templo.

En el siglo XVIII se incendia la Gruta por un rayo y se quema la imagen original de la Virgen. El cabildo de la Catedral de Oviedo regala en 1778 la actual escultura venerada en la Santa Cueva.

El 8 de diciembre de 1918 fue coronada la imagen de la Virgen con su niño Jesús. Para la ocasión se diseña una corona obra del taller madrileño de orfebrería Granda. Está realizada con 551 gramos de oro y 232 de platino, 32 perlas, 983 rubíes, 2.572 zafiros, 2.046 “rosas de Francia” (corindones rosas) y 1.109 brillantes, con esmaltes azules. Y todo con joyas y donativos de cientos de asturianos.

En el 1923 la corona, junto a la del niño, fue robada por un alemán. Las coronas -tras su confesión- aparecieron enterradas cuatro días después en el lugar llamado El Escobio, a orillas del río Güeña, en Cangas. Cumplió dos años de cárcel hasta que, tras ser indultado, fue bautizado en Oviedo siendo su padrino el Marqués de la Vega de Anzo.

En 1937, durante la guerra civil española, secuestran la imagen de la Virgen de Covadonga y se la llevan a París en barco desde Gijón.

Cuando acabó la guerra, el nuevo embajador español encuentra la imagen en el desván del edificio de la Embajada. Y con grandes honores vuelve a Covadonga en un gran recorrido: Irún, San Sebastián, Loyola, Mondragón, Vitoria, Valladolid, León y Asturias entrando por Pajares en junio del 39. Pasó nueve días en la Catedral de Oviedo, visitó Gijón, Avilés y varios pueblos hasta que por fin llegó a Covadonga.

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